Loving mom carying of her newborn baby at home. Bright portrait of happy mum holding sleeping infant child on hands. Mother hugging her little 2 months old son.

Desde la gestación y hasta los primeros años de vida, los seres humanos somos mayormente dependientes de otros y otras para sobrevivir. La madre, el padre y cuidadores principales tienen un rol fundamental para que podamos crecer de forma sana y equilibrada.

La literatura científica ha mostrado que el desarrollo neuronal durante las etapas iniciales de vida es determinante en el crecimiento mental, social y emocional, siendo clave para nuestros niños/as, preadolescentes, adolescentes y adultos del futuro.

Lo maravilloso de la infancia es que cualquier cosa es en ella una maravilla”

G.K.Chesterton

La neurociencia nos viene confirmando que el cerebro se construye desde los 18 días de vida intrauterina hasta aproximadamente los 25 – 30 años, en donde los primeros seis años de vida son periodos críticos, donde se dan entre 700 y 1000 veces por segundo, las conexiones neuronales, y eso realmente no lo volvemos a repetir en la vida. Aún más, estudios más recientes hablan de 1.000.000 de conexiones neuronales acentuando la importancia de los primeros años. Las conexiones neuronales que se dan durante este periodo son claves para el desarrollo del niño/a. Los cimientos de la salud mental y física, se generan en los primeros años de vida, aunque nunca es tarde, los primeros años son críticos. Por su parte, el hecho de que una neurona realice tal nivel de conexiones depende del medio ambiente y  de la genética, he aquí un punto clave.

Un dato de importancia en todo esto, es considerar la interacción entre los genes y las variables ambientales, ya que ambos influyen en el desarrollo y potencial del niño/a. Cuando hablamos de genes, hacemos referencia a todas aquellas características que puedan heredarse biológicamente de padres/madres a hijos/as, mediante la información que se encuentra en el ADN. Al mismo tiempo, el medio ambiente (lo que sucede tanto en nuestro entorno como en el de nuestro hijo/a) forma el otro cimiento de esta gran fortaleza. Pero, ¿cómo es que estos dos grandes conceptos nos “forman”?, es así: La herencia, es decir, nuestro ADN predispone a un niño/a y lo guía frente a ciertos comportamientos, pero el medio ambiente es el que determina su expresión.

El desarrollo cerebral, se caracteriza por ir siguiendo un desarrollo desde estructuras más básicas hacia las más complejas y donde la mayoría de los hitos importantes son postnatales, por este motivo a medida que nuestro pequeño/a va creciendo y experimentando el mundo y su contexto, es que su cerebro va adquiriendo la capacidad de modelarse y desarrollarse con mayor fuerza y de forma particular en la niñez. No es azaroso que el desarrollo de habilidades sensoriales, motoras y cognitivas tenga también un desarrollo en este orden y hacia una mayor complejidad.

Los seres humanos y algunos primates, por el tamaño de su cerebro, deben nacer inmaduros y completan su desarrollo en forma extrauterina y necesariamente en relación con otro significativo. Dada esta fragilidad, los vínculos tempranos son imprescindibles para la supervivencia, tratándose de la vida o la muerte.

Muchas veces olvidamos que los niños no solo tienen necesidades sino también experiencias y momentos del desarrollo por lo que centrarnos en su mundo, distinto al mundo de los adultos, puede ser clave para posicionarnos en los desafíos de la crianza. Si vuelves al tiempo en el que imaginabas a tu hijo/a antes de que naciera, es decir, las expectativas que tenías de cómo sería, y las comparas con probablemente batallas o berrinches actuales, probablemente sea muy distinto pues tu hijo/a está constantemente en interacción, en un entorno social que hay que considerar, así como también, con un ADN único. Independientemente de las infinitas formas que se dan en la interacción ambiental y genética, es posible ir guiando y moldeando a nuestros hijos/as.

Entre más conexiones neuronales, las cuales se pueden traducir en nuevas experiencias y aprendizajes, tendremos mejores cimientos cerebrales lo que, a su vez, se traduce en un cerebro más sano, capaz y feliz. Y para lograr estas conexiones, es vital poder proporcionar y/o conocer sobre variables básicas para todo ser humano en formación, como lo son: sueño, alimentación, actividad física, vínculo e interacciones familiares y entre pares, disponibilidad en situaciones de estrés, tiempo de juego (sí, de juego). Sabemos que la crianza puede ser demandante y estresante, llena consejos o libros para el desarrollo infantil con mensajes contradictorios, sin embargo, es importante estar conscientes de tu rol de acompañamiento y guía necesaria durante todo el proceso sabiendo que existe la posibilidad de probar y fallar tanto para tí como madre/padre como para tu hijo/a.

En un mundo ideal, cuando interactuamos con nuestros hijos sería como una improvisación entre dos músicos. La improvisación se basaría en lo que estaba pasando en el momento, como músicos que se responden entre sí sin el impedimento de viejas partituras o patrones musicales. Con el tiempo, espero que una buena melodía comenzaría a surgir y los músicos estarían sincronizados entre sí. Siempre podrás disfrutar de este concierto, aunque no sea el que esperabas, dando espacio para la creación y manifestación de maravillas.


(Cooper, Alistair; Redfern, Sheila. Reflective Parenting (p. 21). Taylor and Francis. Edición de Kindle. )

Cárcamo, R. y Silva, J.Apego y Parentalidad. 2021. Editorial Mediterráneo

Dick, D. 2022. El código del niño. Editorial Planeta.

Escrito por:

Francisca Andrades
María Francisca Sánchez
Catalina Sieverson